El momento en que bajas el ritmo en la Transpirenaica

bajar el ritmo en la Transpirenaica

No siempre bajas el ritmo porque quieras.

A veces ocurre sin avisar. Un día te levantas, arrancas la moto y notas que algo no empuja igual.

No es cansancio físico. Tampoco falta de ganas.

Es otra cosa.

La Transpirenaica tiene un punto exacto —distinto para cada uno— en el que el cuerpo empieza a pedir menos y la cabeza no sabe todavía escucharlo.

Sigues rodando, pero ya no desde el mismo lugar. Cada kilómetro cuesta un poco más. No por dificultad, sino por acumulación.

Ese momento suele llegar después de haber intentado aprovecharlo todo. De no dejar nada fuera. De exigirte incluso cuando nadie te lo pedía. Si te suena, aquí lo abordo sin épica: no tener que aprovechar toda la Transpirenaica.

Bajar el ritmo no es rendirse. Es ajustar.

El problema aparece cuando interpretas esa bajada como un fallo. Cuando te comparas. Cuando decides que no lo estás haciendo bien.

Pero esta ruta no se cruza compitiendo. Ni con otros, ni contigo mismo. Aquí lo explico con calma.

Cuando aceptas ese cambio de ritmo, algo se recoloca. El viaje deja de empujar y empieza a acompañar.

Esta mirada forma parte de una lectura más amplia de la ruta, pensada para quienes saben que no todo va de llegar. Está todo ordenado aquí: la Transpirenaica interior.

Y si quieres entender por qué esta ruta te pide escucharte justo cuando creías tenerlo todo controlado, este es el contexto completo: la Transpirenaica que te pide bajar el ritmo.


Esto lo escribí cruzando los Pirineos.
Si esto te resonó, este libro te va a hablar.
El Susurro del Pirineo

Entradas recomendadas