La Transpirenaica que te pide bajar el ritmo

la Transpirenaica que te pide bajar el ritmo

La Transpirenaica suele venderse como un reto.

Una línea de puertos. Un antes y un después. Algo que hay que hacer al menos una vez.

Y lo es.

Pero hay otra Transpirenaica de la que casi no se habla.

La que no te pide más. La que te pide menos.

Menos prisa. Menos expectativa. Menos necesidad de demostrar que sabes, que puedes, que estás a la altura.

Muchos llegan a esta ruta pensando que el paisaje va a ordenarles por dentro. Que el silencio va a hacer su trabajo. A veces ocurre. Otras no.

Hay un punto en el cruce en el que el ruido no está fuera. Está contigo. Y entonces el silencio ya no basta. Ese momento aparece más veces de las que se cuentan: cuando el silencio de la Transpirenaica no basta.

No es un fallo del viaje. Es una señal.

La Transpirenaica tiene la capacidad de dejarte a solas contigo mismo. Sin distracciones. Sin relato épico que tape lo que llevas tiempo cargando.

Ahí empiezan a aparecer cosas.

El peso invisible que llevas a las curvas. La comparación silenciosa. El miedo fino a no estar viviendo esto como “deberías”. Todo eso no lo inventa la ruta. Lo saca a la luz.

Por eso hay días en los que el cuerpo sigue y tú te quedas un poco atrás. No porque no puedas, sino porque ya no estás en el mismo lugar interior. Ese desajuste se nota más aquí que en ningún otro sitio.

Y entonces pasa algo que desconcierta a muchos: bajas el ritmo.

No siempre por elección. A veces porque no puedes seguir igual. Ese momento no es una derrota. Es un ajuste necesario: el momento en que bajas el ritmo en la Transpirenaica.

El problema es que venimos entrenados para interpretar esa bajada como un error. Como si la ruta fuera una competición constante.

Pero la Transpirenaica no es una carrera. Ni con otros, ni contigo mismo.

Cuando la conviertes en una prueba, cada curva pesa más. No por dificultad, sino por la presión que llevas encima. Ese peso acaba saliendo incluso en tramos fáciles.

Bajar el ritmo no es hacer menos Transpirenaica. Es empezar a hacerla desde otro lugar.

Desde ahí cambian muchas cosas. Dejas de aprovecharlo todo. Dejas de medirte. Dejas de demostrar.

Y el viaje, por fin, empieza a acompañar.

Esta forma de entender la ruta no va de hacerlo mejor. Va de hacerlo contigo dentro.

Todo este enfoque —las etapas internas, las decisiones que cuesta tomar, las sensaciones que aparecen sin avisar— está ordenado aquí: la Transpirenaica interior.

Y todo esto nació cruzando los Pirineos, sin intención de explicarlo, solo de no olvidarlo.

Ese eco terminó tomando forma aquí:
El Susurro del Pirineo

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