
Venimos de valles suaves y cedros. De un Marruecos que acogía. Pero ahora, la montaña impone. La ruta se tensa. El paisaje deja de ser amable. El frío aparece. Y con él, el silencio.
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Un paso que te recoloca
Hay puertos de montaña que se disfrutan. Este se atraviesa. Con atención. Con respeto. Con los cinco sentidos puestos en cada curva. Aquí la moto manda. Y tú solo obedeces.
El Alto Atlas no es agresivo. Es sobrio. No busca impresionar, busca enseñarte algo. No lo vas a conquistar. Vas a dejar que te hable. Y si lo haces en silencio, te dirá mucho más de lo que esperas.
Las vistas son grandes. Pero lo importante no es eso. Lo importante es cómo cambia el aire. Cómo el horizonte se convierte en líneas duras. Cómo tu respiración se adapta al ritmo del motor.
El día en que el cuerpo se concentra
Hoy no hay muchas fotos. No porque no haya belleza, sino porque las manos no se despegan del manillar. Este es el tramo donde el silencio pesa más que las palabras.
Subes. Curva. Segunda. Curva. Tercera. Curva. Altitud. Frío. Curva. Y así durante horas. Hasta que el cuerpo se rinde. Y se adapta.
Y en ese momento, algo se recoloca. No fuera. Dentro.
El otro lado de la montaña
Cuando la bajada empieza, el paisaje ya es otro. Seco. Ocre. Abierto. Empiezan a aparecer palmerales. Casas de adobe. Sientes que has cambiado de mundo. Que el sur se insinúa.
Entramos en zona de oasis. De cañones. De luz cálida. De pueblos que viven entre la roca y el agua. La ruta ahora apunta a Tinghir. Y allí, otra etapa empieza.
Pero eso será mañana. Hoy, lo que importa es que cruzaste el Alto Atlas. Y que no lo olvidarás.
Cruzar no es subir. Es entender
Este tramo enseña sin palabras. No se trata de superar una montaña. Se trata de dejar algo atrás. De que el cuerpo hable. De que la moto sea extensión del alma.
Si alguna vez un puerto te ordenó por dentro, sabes de qué hablamos.






