
Así empieza la etapa de los oasis. De las gargantas. Del contraste radical. Aquí la roca se parte y nace vida donde no debería. Aquí el polvo deja pasar palmeras. Y tú, en moto, solo puedes parar y mirar.
Tabla de contenido
La garganta que no se explica
La Todra no es solo una carretera entre cañones. Es un silencio de piedra. Un viento que baja recto. Una sombra inesperada. Y una curva que se aprieta entre muros verticales.
Rodar por ahí es un acto de atención plena. No tanto por la dificultad, sino por la fuerza del lugar. Algo en ti se calla. Y no sabes bien por qué.
Las motos retumban entre las paredes. La luz entra en diagonal. El agua corre donde puede. Y la vida sigue, sin aspavientos, entre piedra y polvo.
Palmeras donde no tocan
Después de la garganta, empieza el oasis. No uno. Varios. Palmerales infinitos que se estiran valle abajo. Casas de adobe entre la vegetación. Niños que saludan sin pedir. Mujeres que cosechan en silencio.
Este Marruecos no busca gustarte. Solo sigue su curso. Tú lo atraviesas como puedes. Parando. Observando. A veces compartiendo té sin palabras. A veces simplemente bajando la velocidad.
La moto aquí ya no es velocidad. Es presencia.
De oasis a desierto
Rodamos hacia el sur. El verde empieza a diluirse. El terreno se aplana. Las montañas se vuelven sombra. El calor aprieta.
La ruta apunta hacia el Valle del Draa, pero aún no llegamos. Antes, hay que absorber lo que este tramo te lanza sin ruido: contraste, humildad, vida inesperada.
No hay épica aquí. Hay algo mejor: la certeza de que estás viendo un Marruecos real. Que respira a su ritmo. Y que te deja entrar si sabes rodar con respeto.
Parar. Mirar. No decir nada.
Eso es lo que toca en esta etapa. Parar. Mirar. Y no decir nada. Porque a veces, las palabras no alcanzan. Y porque este viaje no se cuenta: se siente.
No vinimos a conquistar. Vinimos a escuchar.






