
Venimos del oasis, de la sorpresa entre rocas. Pero ahora el paisaje se alarga. El polvo gana presencia. Y el Draa, ese río que parece dormido, acompaña la ruta con palmeras que no terminan nunca.
Tabla de contenido
Carretera entre barro y fuego
Las construcciones aquí no brillan. Son barro. Son tierra. Casas que parecen surgir del mismo suelo. Pueblos sin filtros. Hombres que trabajan el cuero. Mujeres que cuecen pan en hornos de adobe. El sur empieza a oler distinto.
Rodar por el Draa es cruzar aldeas sin nombre. Palmerales densos. Gente que saluda sin expectativas. Hay silencio. Hay humo. Hay vida que sigue su curso, sin necesidad de espectáculo.
La curva que no pide prisa
Las curvas no se encadenan rápido. Te invitan a fluir. A levantar la vista. A escuchar lo que suena más allá del motor. Es una ruta hipnótica. Y si te dejas llevar, baja las pulsaciones.
La moto sigue, sí. Pero tú ya no tienes prisa. Has entrado en otro tipo de tiempo. Más horizontal. Más hondo.
Y ahí, en medio de esa quietud, entiendes algo que no sabías que buscabas.
Zagora y el sur que susurra
Al fondo aparece Zagora. Ciudad frontera. Antesala del desierto. Punto de cambio. Aquí no hay épica, pero hay señales. La arena empieza a notarse. El viento es más seco. El cielo, más amplio.
Zagora no deslumbra. Pero si sabes mirar, te habla. Con su ritmo. Con su barro. Con su gente. Con esa mezcla de fin de ruta y principio de otra cosa.
Lo que viene ahora no es aventura. Es desierto sin épica. Un silencio distinto. Más denso. Más real.
Cuando el viaje se hace largo por dentro
Este tramo no es para ir rápido. Es para quedarse. No físicamente. Mentalmente. Porque algo en ti se ralentiza. Y cuando eso pasa, empiezas a ver cosas que antes pasaban desapercibidas.
Rodar lento también es rodar profundo.
Este Marruecos no se enseña. Se atraviesa sin hacer ruido.






