
Tabla de contenido
Zagora: la última puerta
Zagora no es un decorado. Es frontera. Aquí termina algo y empieza otra cosa. No es el Marruecos que posa. Es el que resiste. Con su adobe, su viento seco, su ritmo bajo.
Desde aquí, el camino es más recto. La moto avanza. Y tú, sin darte cuenta, te vas quedando más solo. Aunque haya gente. Aunque haya otros. Porque el desierto tiene eso: te deja contigo.
Arena sin postal
No hay dunas perfectas. Hay polvo. Hay roca. Hay silencio. El color no es dorado, es áspero. El viento no refresca, te prueba. Y la luz no embellece: revela.
Rodar aquí no es adrenalina. Es presencia. Cada kilómetro se siente. Porque no hay distracción. Porque el cuerpo se ajusta. Porque no estás para mirar: estás para estar.
Y cuando cae la tarde, todo se vuelve más lento. El sol baja. El calor se queda. Y tú también.
Dormir bajo estrellas reales
La noche aquí no es romántica. Es inmensa. El cielo parece más grande. El aire no se mueve. Y entre el polvo y el fuego, se cena simple. Se habla poco. Se duerme hondo.
No viniste a buscar aventuras. Viniste a ordenarte por dentro. Y este es el lugar.
Menos palabras, más verdad
Lo que pasa aquí no se cuenta fácil. No hay fotos que sirvan. No hay frase que capture el peso del silencio, ni la textura del suelo bajo la tienda.
Solo sabes que algo se acomodó. Que el viaje se volvió íntimo. Que lo importante no está en el paisaje, sino en lo que el paisaje saca de ti.
Y al día siguiente, toca seguir. Hacia la montaña otra vez. Hacia el mar.
Aquí no hay épica. Hay verdad.






