
Hay rutas que empiezan en la cabeza mucho antes que en el mapa. Esta, la de Marruecos de costa a costa, empieza en un ferry. Con un motor apagado, el casco en la mano y una frontera líquida por cruzar.
Desde la cubierta, Europa se va haciendo pequeña. Atrás queda Algeciras, la rutina, lo conocido. Y delante, una línea difusa que no es solo África: es la promesa de algo que aún no sabemos nombrar.
Hay tensión, sí. Pero no de miedo. Es ese nervio de las cosas importantes. El grupo aún no se conoce del todo, pero ya hay una tribu en formación. Silencios compartidos. Miradas que dicen: “Vamos”.
Este no es un viaje turístico. Es un cruce simbólico. Es dejar algo para entrar en otra cosa. Y para muchos, es dejar Europa atrás por primera vez sobre dos ruedas.
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Un ferry, una moto, y una decisión
Podríamos hablarte del papeleo, del puerto, del check-in. Pero esto no va de eso. Va del momento en que la rampa baja y sientes que la moto está a punto de tocar otro continente.
Va de ese instante en el que entiendes que ya no puedes mirar atrás sin que algo te cambie por dentro.
Empieza Marruecos. Empieza de verdad.
El primer asfalto africano
Tánger Med no es bonito ni lo intenta. Es funcional, ruidoso, burocrático. Pero da igual. Porque el primer metro de asfalto africano bajo las ruedas sabe distinto.
Ahí comienza la ruta hacia el sur. Y justo después, sin aviso, llega el Mediterráneo secreto: curvas limpias, pueblos auténticos y una sensación de sorpresa que no cabe en las fotos.
Este viaje no se visita. Se atraviesa.
Esto no es para quien busca postales. Es para quien quiere cruzar un país de verdad, por dentro. Si has sentido algo en este arranque, quizá Marruecos de costa a costa sea para ti.
Así empieza el viaje: con una decisión, un ferry, y una carretera que no tiene vuelta atrás.






