Curvas, mar y silencio: el Marruecos que no esperabas

Marruecos mediterráneo en moto

Dejar atrás el Estrecho es un salto. Pero lo que viene después es una sorpresa mayor. Porque nadie espera que Marruecos arranque así: con curvas perfectas, acantilados vacíos y pueblos que no viven del turismo.

Esto es el norte mediterráneo. Esto es Alhucemas. Y esto no es el Marruecos de las postales.

Venimos del ferry, del cambio de continente. Y de pronto, sin apenas transición, estamos rodando junto al mar más callado que hemos visto. El asfalto no es nuevo, pero tiene alma. La luz lo inunda todo.

Donde nadie te espera

Los pueblos no te ofrecen nada. Y esa es su belleza. Nadie te llama. Nadie quiere venderte Marruecos. Aquí, el país simplemente es. Con su ritmo, sus colores, su forma de mirar sin juzgar.

Rodar aquí es fluir. Ni fotos, ni prisas. Sólo el mar a un lado y la montaña al otro.

Alhucemas: una pausa sin pose

Paramos en Alhucemas. No porque lo indique una guía, sino porque apetece. Porque huele a pescado. Porque hay niños jugando en la calle. Porque la moto ya ha hecho su trabajo hoy.

En este tramo de viaje, no hay épica. Hay verdad. Y quien viene con los ojos abiertos, lo nota.

Lo que cambia sin avisar

De este mar tranquilo pasamos al interior. El Rif se insinúa. El verde empieza a ganar terreno. Y sin darnos cuenta, la ruta cambia de tono.

La siguiente parada es el Marruecos interior, el que no sonríe, pero te mira de frente.

Si algo se movió dentro tuyo aquí, quizá este viaje también sea para ti.

Aquí no venimos a ver Marruecos. Venimos a atravesarlo.


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