La costa atlántica de Marruecos en moto: viento, puerto y memoria

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Después de tanta montaña, polvo y piedra, el cuerpo lo pide. Aire. Horizonte. Un cambio de textura. Y entonces, ahí está: la costa atlántica de Marruecos en moto. Viento salado. Ruta larga. El viaje se abre.

Venimos de Taroudant, de la calma interior. Y ahora la carretera apunta al mar. No es una llegada espectacular. Es un giro de atmósfera. Las motos lo notan. Nosotros también.

Entre la montaña seca y la línea azul

Rodamos hacia el Atlántico. Por tramos donde la montaña se aplana y empieza a oler distinto. Hay más humedad, más brisa. La temperatura cambia. Los pueblos son más grandes, pero menos turísticos. Aquí nadie decora nada.

El océano no aparece de golpe. Se insinúa. Primero es una brisa. Luego, una gaviota. Después, un horizonte que se mueve. Y finalmente, ahí está: el mar abierto. Rugoso. En movimiento constante.

Rodar en paralelo al mar es otro ritmo. El cuerpo se suelta. La mirada se expande. La mente se aligera. No porque el camino sea fácil, sino porque ya no hay presión. El sur ha quedado atrás. Lo duro ya pasó.

Safi: puerto, cerámica y memoria

Entramos en Safi sin expectativas. Y eso es bueno. Porque no busca gustarte. Es una ciudad que vive. Que huele a pescado. A barro cocido. A salitre.

La entrada por la zona portuaria no es bonita. Pero sí verdadera. Las fábricas, los barcos, las tiendas. Todo sucede sin pensar en ti. Y ahí está el valor. No viniste a ser recibido. Viniste a mirar sin filtro.

Paramos. Comemos algo junto al puerto. Pescado fresco. Pan duro. Té con hierbabuena. Nada más. Nada menos. El mar suena. Y tú, por un momento, no tienes que hacer nada.

Safi se queda como un punto de apoyo. Una especie de ancla. Algo que te conecta con la idea de que Marruecos no termina. Solo cambia de forma.

Rodar al borde del mundo

Desde aquí, seguimos hacia el norte. La costa acompaña. El viento a veces molesta. Pero también despeja. La moto va recta. La ruta se estira. No hay curvas épicas. Pero sí tramos largos, constantes, de esos que se meten bajo la piel.

Ciudades vienen y van. Algunas más grandes. Otras apenas aldeas. Todas vivas. Todas auténticas. Aquí no hay «rincones secretos». Aquí hay gente que vive su vida, y tú la atraviesas.

Una etapa que respira distinto

Esta parte del viaje es otra cosa. No tiene el dramatismo del desierto. No tiene la introspección de la montaña. Tiene apertura. Movimiento. Es como si el viaje cogiera aire. Como si todo lo anterior necesitara ahora un respiro largo.

Y tú lo sientes. El casco más suelto. El cuerpo más relajado. El pensamiento más fluido. Empiezas a recordar etapas. A mirar hacia atrás con otra mirada. Porque el mar tiene eso: te convierte en espejo.

De fuera hacia dentro, otra vez

Lo que viene ahora es el norte moderno. El final. Pero aún no hemos llegado. Queda mar. Queda viento. Queda rodar.

Esta etapa no tiene foto de postal. Pero deja algo que se queda: una sensación de amplitud que no se olvida.

Seguimos subiendo. Sin prisa. Porque el viaje ya no corre. Fluye.

De costa a costa. Y de dentro hacia fuera.


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